DEUDA: EL MENOR DE LOS MALES Por Enrique de la Madrid

El presidente ha dicho en varias ocasiones que no quiere incurrir en deuda pública para enfrentar esta crisis del coronavirus, porque es algo que le ha hecho mucho daño a México en el pasado.

Es cierto que, como país y como personas, endeudarse por arriba de nuestra capacidad de pago e invertir dicha deuda en cuestiones improductivas es irresponsable y perjudicial. Sin embargo, recurrir al endeudamiento para fortalecer la capacidad hospitalaria del país, así como para apoyar la preservación de la planta productiva y del empleo ante la peor emergencia de los últimos 100 años, pareciera ser no sólo lo correcto sino la única alternativa viable.

Seguramente el presidente recuerda aquellas épocas de los años 70 y principios de los 80, cuando el gobierno federal incurrió en altos niveles de deuda para convertirla en gasto público, y cómo esto derivó en una dramática crisis económica para nuestro país.

Durante el llamado Desarrollo Estabilizador, de 1954 a 1970, el PIB creció 6.8 % en promedio cada año, mientras que la población lo hacía al 3 % anual. El ingreso por persona creció así cada año, durante varios años. No obstante, en la década de los setenta el modelo se agotó y a fin de mantener el alto nivel de crecimiento económico, el gobierno federal recurrió al gasto público como uno de los principales motores de la economía. Es así que aumentó el gasto corriente, el número de empresas paraestatales y las inversiones en la industria petrolera para la exploración y explotación de los yacimientos recientemente descubiertos. Fue entonces que la deuda pública, que en su mayoría era en dólares, pasó de representar 18 % del PIB en 1970 a 92 % del PIB en 1982 y el déficit público como proporción del PIB (esto es la parte del gasto que se financia con deuda) pasó de 6.7 % en 1977 a 18 % en diciembre de 1982.

Cuando los precios del petróleo cayeron y las tasas de interés internacionales subieron, el país quebró; no pudiendo hacer frente a sus compromisos de pago y entrando así a una profunda crisis económica, de la cual nos tomó prácticamente todo un sexenio salir adelante, perdiendo además años muy valiosos para avanzar rumbo al desarrollo. Se perdieron cientos de miles de empleos y con ello el bienestar y la calidad de vida para millones de mexicanos.

La lección aprendida en México es que no podemos basar el crecimiento económico en el gasto público ni en el endeudamiento de forma permanente.

Lo irónico de la situación en la que ahora vivimos es que, para salvar la vida de miles de mexicanos y evitar la pérdida de millones de empleos, el Estado tiene que desarrollar una serie de programas en materia de salud y de apoyo a los grupos más vulnerables, así como a la planta productiva. Estos sólo se pueden financiar con la reorientación del gasto público y la contratación temporal de deuda. Sólo el Estado es capaz de realizar una acción así.

La administración anterior terminó con una deuda pública bruta equivalente al 54 % del PIB de México, con 2.2 % de déficit fiscal, y el gobierno actual ha mantenido la disciplina fiscal, por lo que el nivel de endeudamiento y de déficit prácticamente no se han incrementado en el último año y medio.

Según cifras del Fondo Monetario Internacional y para poner en contexto la deuda de México, ésta es menor que la de Italia (133 % del PIB), Estados Unidos (106 % del PIB), España (96 % del PIB), Argentina (93 % del PIB) y que la de Brasil (92 % del PIB). No sólo el tamaño de nuestra deuda es muy razonable, sino que los plazos para su pago son muy favorables, por lo que México tiene margen para un mayor endeudamiento en el corto plazo.

La crisis que hoy enfrentamos es distinta a las anteriores. Esta no fue hecha en casa, sino que viene del exterior y llegó en forma de un virus que nos obliga a enfrentarlo, por el momento, quedándonos en casa. Hacerlo tiene como lamentable consecuencia parar prácticamente la economía, lo que ya está generando una caída en los ingresos de las empresas y de millones de mexicanos.

Para que la estrategia de salud funcione tiene que venir acompañada de una serie de medidas para apoyar a las empresas, a efecto de que preserven el empleo, aunque se queden en casa; de igual forma se tiene que apoyar a las personas que viven al día para que no se vean forzados a salir a buscar el ingreso para sus familias.

De no existir tal programa de apoyo, muchas personas tendrán que seguir saliendo para trabajar, aumentando el número de contagiados y de muertes, obligando con ello a un mayor tiempo de encierro con un impacto aún mayor en la economía.

Sin apoyos a la planta productiva, las empresas no podrán aguantar tanto tiempo sin ventas, por lo que se verán obligadas a despedir personal generando así desempleo para millones de mexicanos.

Sin ingresos, cientos de miles de empresas tendrán que cerrar por lo que tampoco habrá fuentes de empleo una vez que termine la pandemia. Así, la recesión y la recuperación económica llevará mucho más tiempo del que hubiera sido necesario con un buen programa de apoyo a la economía por parte del Estado.

Por último, el gobierno también sufrirá las repercusiones ya que sin empresas y sin empleos la recaudación caerá inevitablemente y con ello la capacidad de cumplir con sus programas sociales, así como con los compromisos elementales en materia de educación, salud y Estado de derecho.

En este escenario, la pobreza y la desolación aumentarán y con ello la inseguridad y el quebrantamiento del orden social.

Correremos el riesgo de que el país se nos deshaga entre las manos.

Por todo esto es necesario fortalecer las acciones en materia de salud, así como hacer un plan de rescate de nuestra economía, de aplicación inmediata, que sea suficiente y temporal.

El apoyo económico debe ser por tiempo limitado, ya que una vez que no sea necesario se deberá de restablecer la disciplina fiscal a través de una reforma que restituya el equilibrio de las finanzas y siente las bases de un crecimiento más dinámico y sobre todo justo, solidario e incluyente.

A continuación planteo las siguientes acciones, aportando mis ideas pero también nutriéndome de innumerables propuestas que se han hecho a lo largo y ancho del país, y en otras partes del mundo:

1. Apoyo financiero completo a la estrategia sanitaria. Se deben facilitar los recursos para cuando menos:

a. Compra de todos los insumos médicos y medicinas necesarias.

b. Pago al personal de salud. En adición al personal actual, considerar partidas para incorporar a jóvenes residentes de tiempo completo, así como reincorporar a personal retirado del sector salud que no sea parte de los grupos vulnerables.

c. Pagos para desarrollo de infraestructura médica o para la reconversión o renta de la existente, para así prestar ese servicio. Renta de hoteles o centros de convenciones para convertirlos en instalaciones con uso médico.

2. Apoyos a la planta productiva y el empleo:

a. Apoyos de tipo fiscal. Considerar una reducción temporal del pago de impuestos. Principalmente conviene analizar medidas relativas a los impuestos de asalariados y asimilados a salarios, pudiendo posponer o reducir la entrega de los impuestos retenidos por estos conceptos.

b. Posponer las aportaciones al IMSS, Infonavit y al ahorro para el retiro.

c. En el caso de las empresas, otorgar créditos a todas las que paguen sus impuestos por montos equivalentes cuando menos a los impuestos pagados el año pasado. En el caso de las empresas en la economía informal, otorgar créditos a través del sistema financiero mediante un esquema agresivo de garantías, apoyado por el Gobierno Federal y operado por la Banca de Desarrollo. Un esquema de garantías permite potenciar el crédito hasta nueve veces el monto de las garantías siendo bajas las pérdidas esperadas para el Estado en la medida en que la economía se recupera.

d. Analizar el apoyar un porcentaje de la nómina de las empresas por un corto periodo bajo la condición de que no despidan personal.

e. En la crisis del 2008 en los EUA, se apoyó con capital a muchas empresas norteamericanas. Tal fue el caso de la industria automotriz, entre muchas otras.  En nuestro caso el gobierno recibiría acciones o deuda convertible a cambio de dicho apoyo, mismo que debería estar condicionado al no despido de trabajadores y al no pago de dividendos y bonos a ejecutivos.

3. Apoyos directos a las personas:

a. El sector más difícil de llegar es la economía informal que hoy explica el 57 % de la actividad económica. Aquí es necesaria la colaboración público-privada para combinar recursos públicos con recursos de la sociedad.

b. Es necesario revisar los programas sociales actuales para ver si los mismos atienden hoy a las personas más vulnerables y a los que están perdiendo sus ingresos.

c. En el corto plazo, hay que apoyar con recursos a las organizaciones que llevan años atendiendo a los grupos más vulnerables, toda vez que muchas tienen ya integrados padrones de beneficiarios y conocen a quienes requieren la ayuda con más urgencia. Se requieren apoyos en despensas o en dinero para garantizar la subsistencia.

d. Es conveniente rescatar el programa Prospera, que atendía a 6 millones de familias.

e. En el caso del sector formal, además de apoyarlos a través de las empresas, es conveniente facilitar a los trabajadores el retiro de una parte de los recursos acumulados en su Afore.

Finalmente, es necesario lograr una acción coordinada entre los gobiernos Federal, estatales y municipales, así como el sector empresarial, la sociedad civil y las universidades. Necesitamos crear una nueva gobernanza en el país que nos permita a todos los mexicanos participar y hacernos corresponsables en estos momentos de emergencia nacional.

¿Cómo financiamos estos programas?

En el mundo entero los gobiernos de los diferentes países han diseñado e instrumentado importantes programas de apoyo, en donde algunos alcanzan hasta el 10 % del PIB.

En el caso de México, el monto estimado por algunos analistas del programa emergente de apoyo es de alrededor del 5 % del PIB, tomando ya en cuenta la caída de los ingresos públicos. Este monto es muy manejable y no pone en peligro las finanzas públicas ni su solidez hacia adelante. De hecho los mercados esperan un programa de cuando menos este monto y hoy se penaliza más al país que no presenta un programa creíble para enfrentar la crisis, ya que se considera que no hacerlo disminuye su viabilidad en el futuro.

Para financiar este plan se podrían combinar distintas fuentes, tales como acudir al mercado de deuda interno, utilizar el saldo del Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios, hacer uso de la línea de crédito del Fondo Monetario Internacional y posponer obras de infraestructura pública.

Nos encontramos ante una crisis que nos llegó de fuera y que pone en riesgo la salud y la vida de millones de mexicanos, tanto por los efectos que tiene el coronavirus en la salud de las personas como por su impacto en nuestra economía para hacerle frente.

Son tiempos excepcionales y requieren de respuestas de excepción, pero también requieren de unidad. Unidad en las metas y unidad en las acciones.

Esta prueba debe permitirnos a todos los mexicanos sacar lo mejor de nosotros mismos y dirigirnos hacia un México mejor.

Son tiempos también de crear el país en el que creemos. De reflexionar sobre a dónde queremos llegar y lo que a cada uno de nosotros nos toca aportar para lograrlo. Al final de la crisis no se trata de regresar a donde estábamos, sino de proyectarnos a ese gran país al que todos aspiramos.

Un México próspero, justo, libre, democrático y sobre todo solidario e incluyente.

Parafraseando a Franklin D. Roosevelt, al enfrentar una situación similar durante la Gran Depresión: la libertad debe traducirse en oportunidades para  alcanzar una vida decente, pero sobre todo una vida que valga la pena vivir.

 CDMX Nexos / INICIATIKA a 25 de abril 2020

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