LLORA, CARAJO

Por Alma Delia Murillo

No era eso.

No era hambre, ni enojo, ni euforia.

Era dolor, era tristeza. Te sentaste muy recta, por las mañanas delante de tu escritorio y por las tardes delante de aquella copa de vino.

Muy recta delante de la vida. Derechita, bien sentada. La primera de la clase, la que siempre hacía la tarea, la que no se abandonaba a la pereza ni a la inocencia. A la inocencia menos que a cualquier otra cosa.

Porque había que madurar a punta de ausencias, había que hacer lo correcto y ser fuerte. Porque los adultos somos fuertes, porque hay que vociferar que todo lo podemos, que nada nos detiene, que somos los guardianas de la civilización y de la evolución del mundo.

Y te pasaste meses convenciéndote de que te dolía sólo un poco.

¿Es que hay escalas del dolor?

Cuánto tiempo es suficiente tiempo para que duela menos.

¿Cuánto, en la escala de dolores, se debe adelantar después de tres años de su muerte?

Pero es que te dolía esa muerte y las otras. La de aquella casa de la que saliste sin pensar, con tu fuego por delante que te ilumina tanto como te enceguece; aquella casa que te persigue con imágenes del jardín de flores muertas que no cuidaste hasta el final como prometiste que harías. La muerte de aquella tú.

Y una noche lloraste delante de un corto animado como si tuvieras siete años y el personaje de tu caricatura favorita hubiese desaparecido.

Qué vergüenza. Tú querías que te importara todo: el país, la corrupción, el recibo de honorarios, las entregas a tiempo, las víctimas sin justicia, la vigencia del pasaporte, el vestido nuevo. Pero sólo te importaba tu dolor, a veces sólo hay espacio para el egoísmo.

Luto de casa. Luto de amor. Luto de padre. Luto de una década agonizante. Luto de ti. Luto de la historia de esa niñez que por fin terminaste de relatar. Sobreviviste a la niña que fuiste. Y ahora te da por contar la historia de tu padre, mira que eres necia.

¿Cómo iba a importarte lo demás si estás escribiendo la historia de tu padre?

Y este país y esta tú que sólo quiere correr en el bosque.

Y corres y te caes mientras corres, tocas la sangre, la rodilla inflamada. Lloras y te ríes porque lloras. Carajo, no se llora por un raspón en la rodilla. Pero sí.

Sí, sí, sí. Se llora por el raspón en la rodilla y porque se han muerto tu padre y tu abuela y ahora no puedes dejar de pensar que un día morirá tu madre y porque tienes miedo de esta puta epidemia y porque la puta incertidumbre y por las cien mil veces que te dijeron no llores.

Muérdete las uñas, no llores.

Haz la tarea, no llores.

Firma tu despido, no llores.

Llama a tu compañía de seguros, no llores.

Llega a esa casa vacía y ocúpala, no llores.

Dale un beso a los abuelos, no llores.

Cómete el brócoli, no llores.

No pasa nada, no llores.

Pero sí pasa. Todo está pasando todo el tiempo. Sobre todo pasa que estás cansada de ti misma, tan cansada, exhausta de este cuerpo, del encierro, del miedo cotidiano. Pasa que perteneces a una especie cuya primera manifestación de vida es el llanto.

Acabas con la condena del no llanto. Te rebelas contra la tiranía seca. Desobedeces y te dices: llora.

Llora aunque parezca ridículo, llora en la cocina, en la cama, frente a la tele, haciendo la maleta, frente al calendario, frente a ese poema del cuerpo adolorado que escribió tu amiga poeta. Llora cuanto quieras, llora hasta que te gane la risa y vuelva a imponerse el hambre y el despertador, la euforia y el nuevo ciclo de lavado. Hasta que la rueda de la fortuna te diga que también su nuevo círculo fue inaugurado. Que estás de vuelta, que aquí vamos.

CDMX a 19 de diciembre 2020

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: